La final del Mundial terminó de la peor manera: el fútbol no puede justificar una pelea
Ayer se conocieron las sanciones por los incidentes ocurridos después de la final del Mundial entre España y Argentina: Paredes, 10 partidos; Molina, 7; Ayala, 3; y Almada y Gavi, un partido cada uno.
Más allá de discutir si una sanción debería ser de siete, diez o quince encuentros, para mí lo verdaderamente importante es la imagen que se dio al mundo.
Fue vergonzoso.
Una final de un Mundial debería terminar hablando del campeón, del fútbol que hemos visto, de los goles, de las ocasiones y de todo lo que supone llegar hasta el último partido de la competición más importante del planeta. Lo que no puede suceder es que, después del pitido final, los jugadores terminen a empujones y puñetazos.
Puedes estar enfadado. Puedes sentir impotencia. Puedes pensar que el árbitro se ha equivocado. Incluso puedes considerar que un rival te ha provocado durante todo el encuentro.
Pero nada de eso justifica una agresión.
Argentina estuvo muy lejos de su mejor versión
También creo que el 1-0 puede resultar engañoso si alguien simplemente mira el marcador y no vio el partido.
Argentina, por una razón u otra, estuvo demasiado ausente durante buena parte de la final. No vimos la versión que seguramente esperábamos de una selección con semejante talento.
España consiguió imponer su partido y Argentina nunca terminó de encontrarse cómoda.
Y perder así una final del Mundial tiene que doler muchísimo.
Estamos hablando de cuatro años esperando una oportunidad que quizá algunos futbolistas no vuelvan a tener jamás. Entiendo perfectamente la frustración.
Lo que no puedo entender ni justificar es convertir esa frustración en violencia.
En Argentina el fútbol se vive de una manera especial
También existe una diferencia cultural interesante.
En España nos encanta el fútbol. Discutimos sobre Madrid y Barcelona, celebramos los títulos de nuestra selección y podemos pasarnos horas hablando de un partido.
Pero creo que sería absurdo negar que en Argentina el fútbol se vive con una intensidad extraordinaria.
Allí el fútbol forma parte de la identidad de muchísima gente de una manera difícil de explicar desde fuera.
Eso es precisamente una de las cosas más bonitas del fútbol argentino, su pasión, sus estadios, sus cánticos y la manera en la que sienten sus colores.
Pero la pasión tampoco puede convertirse en una excusa.
Sentir muchísimo una camiseta no te da derecho a golpear a quien lleva la contraria.
La sanción debería depender de lo que haces, no de quién eres
Y aquí está para mí lo más importante de todo este asunto.
Yo establecería sanciones importantes ante cualquier agresión sobre un terreno de juego, independientemente del partido, del país o del nombre que lleve el futbolista en la espalda.
Me da exactamente igual que sea una final del Mundial, un partido de Champions, un Madrid-Barça o un encuentro de una competición mucho más pequeña.
Y también me da igual que el protagonista sea una superestrella o un futbolista desconocido.
Si agredes deliberadamente a un compañero rival, debe haber consecuencias.
Las sanciones deberían establecerse atendiendo a la gravedad de los hechos, quién inicia la agresión, qué hace exactamente cada futbolista y cuál es su participación real en la pelea.
Porque una cosa es separar a dos compañeros, otra empujar y otra muy diferente lanzar un puñetazo.
No todos deberían recibir automáticamente el mismo castigo.
El fútbol necesita rivalidad, no violencia
España y Argentina pueden volver a encontrarse dentro de unos años y ojalá exista rivalidad.
Quiero jugadores con ganas de ganar, estadios apretando, intensidad, piques deportivos y dos selecciones dejándose absolutamente todo durante 90 minutos.
Eso también forma parte del espectáculo.
Pero cuando pita el árbitro, el partido termina.
Puedes llorar porque has perdido un Mundial. Puedes marcharte enfadado al vestuario. Puedes felicitar al rival aunque por dentro estés destrozado.
Lo que no deberíamos normalizar nunca es terminar una final a golpes.
Porque podemos discutir durante días sobre quién jugó mejor, si el 1-0 fue justo o si Argentina estuvo desaparecida.
Pero hay algo mucho más sencillo.
perder forma parte del fútbol, saber perder también.




