El fútbol es un deporte precioso. Nos apasiona, nos hace discutir, celebrar, llorar y convertir a determinados jugadores en auténticos ídolos. Pero hay momentos en los que el fútbol debe pasar a un segundo plano.
Podemos tener delante a figuras de la talla de Cristiano Ronaldo o Lionel Messi, personas conocidas en prácticamente cualquier rincón del planeta. Podemos admirarlos, pedirles una fotografía o querer guardar un recuerdo de ellos. Pero también debemos entender que antes que futbolistas son personas.
Ganan millones, viven rodeados de fama y hacen con un balón cosas que la mayoría de nosotros jamás podríamos hacer. Pero si les pinchan, sangran como nosotros. Si pierden a alguien que aman, sufren como nosotros. Y cuando la vida golpea de verdad, ningún Balón de Oro, ninguna Champions ni ningún Mundial puede protegerte del dolor.
Por eso hay momentos en los que una fotografía no vale todo.
Tras el fallecimiento del padre de Lionel Messi, me resultó especialmente triste ver cómo incluso en circunstancias de máximo dolor se seguía buscando esa imagen, ese instante de Messi destrozado que después pudiera recorrer las redes sociales y los medios.
Incluso en un cementerio debería existir una frontera.
Hay momentos que pertenecen exclusivamente a una persona y a su familia. Momentos en los que deberíamos guardar el teléfono, apartar la cámara y simplemente respetar el dolor ajeno.
Messi podrá ser uno de los mejores futbolistas de la historia, pero en un momento así no es el número 10, no es el campeón del mundo, no es el ganador de ocho Balones de Oro.
Es simplemente un hijo despidiendo a su padre.
Y eso debería bastar para entender que hay imágenes que no necesitamos tener.
Quizá esa sea una de las partes más tristes de la fama, llega un momento en el que parece que algunas personas dejan de tener derecho a sufrir en privado. Queremos saber dónde están, cómo reaccionan, si lloran, quién los acompaña y qué hacen incluso durante uno de los peores días de sus vidas.
Y no todo vale.
Podemos admirar profundamente a un futbolista sin invadir cada rincón de su existencia. Podemos querer conocer su carrera sin necesitar presenciar su dolor más íntimo.
Porque el fútbol es importante para quienes lo amamos, pero la vida siempre está por encima del fútbol.
Los goles pueden esperar. Las fotografías pueden esperar. Las noticias pueden esperar.
Hay días en los que lo único que debería existir es el silencio, la familia y el respeto.
Porque detrás de cada ídolo hay una persona.
Y cuando esa persona está despidiendo a alguien que ama, lo mínimo que podemos hacer es dejarla ser simplemente humana.





