El último baile del 10
Messi se despide de Argentina en El Monumental. No es una final. Es algo más difícil un adiós.

Ilustración de la noche en El Monumental. La camiseta se queda el que la vistió, se va.
Esta noche, a las 20, Lionel Messi pisa el césped del estadio Monumental por última vez con la camiseta de la selección argentina. El rival es Benín. El partido es un amistoso. Las puertas se abren horas antes, hay música, fuegos y un anillo de drones. Nada de eso cambia lo esencial, el 10 se va.
La Asociación del Fútbol Argentino armó la velada como lo que es, un homenaje. Shows desde media tarde, un Fan Fest llamado “Gracias, Leo” para quien no consiguió entrada, y las pantallas del estadio repasando goles que ya no necesitan presentación. Lionel Scaloni lo dijo sin adorno, desde que Messi pise el Monumental, será un día inolvidable, y él prefiere ser espectador. Tiene razón. Esta noche no se dirige. Se agradece.
Veinte años para llegar hasta aquí
El debut fue el 17 de agosto de 2005, contra Hungría. Entró, tocó poco y se fue expulsado a los pocos segundos de haber pisado el campo. Parecía una anécdota cruel. Era el prólogo de una relación que durante años se pareció más a una deuda que a un idilio.Hubo finales perdidas, silbidos, la sensación injusta y persistente de que el mejor jugador del mundo no le alcanzaba a su país. Hubo también un punto de quiebre. La Copa América de 2021 no fue solo un título fue el permiso para creer. Después llegó la Finalissima, el Mundial de Qatar en 2022 y otra Copa América. Lo que durante una década se leyó como ausencia se cerró como la carrera internacional más completa de la historia del fútbol argentino.
Antes de este partido, Messi sumaba 207 encuentros, 125 goles y 68 asistencias con la albiceleste. Esta noche será la 208. Los números importan menos que el arco, del chico expulsado en 2005 al capitán que levanta la copa del mundo, y de ahí a un estadio lleno que ya no le pide nada.
Por qué un amistoso también alcanza
Se puede discutir el escenario. Benín no es Brasil, ni Francia, ni la final de una Copa. Un adiós en un amistoso siempre tendrá algo de teatro. Pero Messi ya cerró lo que tenía que cerrar en una cancha que importaba. El Mundial está ganado. La deuda, si alguna vez existió, está pagada. Lo que queda es la despedida de la gente, y esa no se juega en una eliminatoria.
Él mismo lo explicó al anunciar el retiro la decisión dolía, pero era el momento. Se había vaciado. No hay forma más limpia de irse. No lo echa una lesión ni una derrota. Se va porque ya no tiene más para dar, y porque entiende que quedarse por inercia sería traicionar lo que construyó.
Lo que deja
Deja una selección distinta de la que encontró. Deja a Scaloni, a un grupo que aprendió a ganar sin pedir permiso, y a una camiseta que ya no pesa como una condena. Deja también un vacío que no se cubre con un nombre. El 10 de Argentina no es un dorsal, es una conversación de veinte años entre un país y un futbolista que, durante mucho tiempo, parecían no entenderse.
Cuando suene el himno y las banderas tapen las gradas de Núñez, el resultado contra Benín será lo de menos. Importa el silencio de antes, el canto de después, y esa imagen que el fútbol casi nunca regala: un genio que se va en paz, delante de los suyos, con la copa ya en la vitrina y la camiseta todavía puesta.
No habrá otro. Y esta noche, por una vez, Argentina no tiene que demostrarlo. Solo tiene que despedirlo.




