Nadie apostaba por el Real Madrid, pero Mourinho volvió a dar una lección de fútbol

El Real Madrid vuelve a demostrar que nunca se le puede dar por muerto, Mourinho ganó la batalla al Barcelona

Ayer el Real Madrid volvió a demostrar por qué es uno de esos equipos a los que jamás se les puede dar por muertos. Y lo hizo precisamente en uno de los escenarios más exigentes del fútbol, un Clásico frente al Barcelona. Porque, seamos sinceros, pocos esperaban una victoria del conjunto blanco. Muchos, entre los que me incluyo, pensábamos que, viendo cómo venía jugando el Real Madrid y el nivel que estaba mostrando el Barcelona, el equipo azulgrana iba a ser claramente superior. Incluso había quienes imaginaban que el Barcelona se iba a comer al Madrid sobre el terreno de juego.

Pero una vez más, el fútbol nos recordó que los partidos no se ganan con las sensaciones de las semanas anteriores, ni con los pronósticos, ni con las opiniones que hacemos antes de que ruede el balón. Los partidos se ganan sobre el césped. Y ayer, para mí, el Real Madrid fue mejor que el Barcelona.

Y aquí quiero detenerme en una figura que considero fundamental para entender lo sucedido, José Mourinho.

Porque Mourinho podrá gustar más o menos. Su personalidad puede generar admiración o rechazo, su manera de entender el fútbol puede despertar críticas y sus planteamientos pueden ser discutidos. Pero hay algo que siempre he admirado de él, su extraordinaria capacidad para motivar a sus futbolistas y hacerles creer que aquello que parece imposible puede convertirse en realidad.

Mourinho es uno de esos entrenadores que saben transformar la presión en motivación. Cuando todo el mundo duda de su equipo, cuando las críticas se multiplican y cuando parece que el rival llega en mejores condiciones, él encuentra la manera de convencer a sus jugadores de que pueden ganar. Y eso, en el fútbol de élite, vale muchísimo.

Porque no basta con tener grandes futbolistas. También hay que conseguir que crean en una idea, que salgan al terreno de juego convencidos de sus posibilidades y que estén dispuestos a sacrificarse por sus compañeros. Y ayer tuve precisamente esa sensación con el Real Madrid, vi a un equipo que sabía lo que quería, que competía con intensidad y que no estaba dispuesto a aceptar el papel de víctima que muchos le habían asignado antes del encuentro.

El Real Madrid no ganó simplemente porque tuviera grandes individualidades. Para mí, ganó porque esta vez sí supo jugar como un equipo.

Y eso es precisamente lo que más me sorprendió.

Antes del Clásico, yo había señalado que el Barcelona me parecía superior colectivamente. Consideraba que el conjunto azulgrana tenía una idea de juego más clara y que el Real Madrid dependía demasiado de las genialidades de sus estrellas. Por eso me decantaba por una victoria del Barça. Pero después de lo que vi ayer, no tengo ningún problema en reconocer que mi pronóstico fue equivocado.

Porque una cosa es defender una opinión antes del partido y otra muy distinta es negarse a reconocer lo que sucede después. Y ayer, desde mi punto de vista, el Real Madrid mereció ganar.

Eso no significa que el Barcelona no tuviera sus momentos. Los tuvo. Hubo fases del encuentro en las que consiguió mostrar su fútbol, tener protagonismo y tratar de imponer su estilo. Tampoco creo que una derrota convierta de repente al conjunto azulgrana en un mal equipo. Sería injusto sacar una conclusión tan exagerada por un solo partido.

Pero sí considero que el Barcelona estuvo por debajo de lo que muchos esperábamos. No terminó de mostrar esa superioridad colectiva que venía transmitiendo y, en determinados momentos, me dio la sensación de que le faltaba algo más para hacer daño al Real Madrid.

Y si tengo que quedarme con un futbolista del Barcelona, mi elección vuelve a ser la misma de tantas otras ocasiones, Raphinha.

Porque, una vez más, para mí fue el jugador que más destacó del conjunto azulgrana. Y no es la primera vez que lo digo. Llevo tiempo defendiendo que Raphinha merece muchísimo más reconocimiento del que recibe, especialmente cuando buena parte de la atención mediática se concentra en otros nombres.

Raphinha es uno de esos futbolistas que no necesitan estar constantemente en los titulares para demostrar su importancia. Es un jugador que se implica, que trabaja, que intenta generar peligro y que asume responsabilidades cuando las cosas no salen como deberían.

Y ayer, una vez más, tuve la sensación de estar viendo a Raphinha y diez más.

Evidentemente, esa expresión no significa que sus compañeros no hicieran absolutamente nada. Sería injusto decirlo. Pero sí refleja mi impresión de que el brasileño volvió a ser el futbolista que más me convenció dentro de un Barcelona que, en líneas generales, no estuvo a la altura de las expectativas que había generado.

Y aquí quiero insistir en algo, el fútbol no debería convertirse en una competición de popularidad. No siempre el jugador que más portadas ocupa es el que mejor está jugando, ni el que más seguidores tiene es necesariamente el más determinante para su equipo. A veces conviene dejar a un lado los nombres y fijarse únicamente en lo que sucede sobre el terreno de juego.

Y cuando hago ese ejercicio con el Barcelona, Raphinha sigue apareciendo entre los primeros de mi lista.

Pero volviendo al Real Madrid, creo que esta victoria deja una enseñanza importante. Durante los días anteriores al Clásico, muchos daban por hecho que el Barcelona llegaba mejor y que esa superioridad acabaría reflejándose en el marcador. Yo también pensaba que el conjunto azulgrana tenía más posibilidades de ganar.

Sin embargo, una cosa es llegar mejor a un partido y otra muy distinta es saber competirlo mejor.

Y ahí es donde creo que Mourinho marcó la diferencia.

Para mí, un gran entrenador no es solamente aquel que consigue que su equipo juegue bonito. También es el que sabe interpretar las circunstancias, encontrar las debilidades del rival, corregir problemas y preparar mentalmente a sus jugadores para afrontar partidos en los que aparentemente parten con desventaja.

Y Mourinho tiene una enorme experiencia en ese terreno.

No quiero decir con esto que Hansi Flick sea un mal entrenador, ni mucho menos. Me parece un técnico extraordinario y sigo considerando que ha conseguido construir un Barcelona con una identidad futbolística reconocible. Pero ayer, en mi opinión, Mourinho ganó la batalla de los banquillos.

Y reconocerlo no debería ser ningún problema.

El Barcelona podrá aprender de esta derrota, corregir errores y volver a demostrar su nivel en los próximos encuentros. Una derrota en un Clásico duele, evidentemente, pero tampoco puede borrar todo el trabajo realizado anteriormente.

Del mismo modo, tampoco creo que esta victoria signifique que el Real Madrid haya solucionado de golpe todos sus problemas. Un gran partido no garantiza una gran temporada. Ahora tendrá que demostrar que esa intensidad, ese compromiso colectivo y esa capacidad competitiva pueden mantenerse con regularidad.

Porque ahí estará su verdadero desafío, no solamente ganar un Clásico, sino convertir lo que vimos ayer en una forma habitual de competir.

Pero lo que nadie puede quitarle al Real Madrid es el mérito de haber respondido cuando muchos dudaban de él.

Ayer ganó el Real Madrid, ganó Mourinho y perdió mi pronóstico. Pero si algo quedó claro es que al Real Madrid nunca se le puede dar por muerto, por mucho que el Barcelona llegue jugando mejor.

Porque en el fútbol, como en la vida, una cosa es parecer superior y otra muy distinta es demostrarlo cuando llega el momento de la verdad.

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