Lamine Yamal no es Messi, ni Cristiano Ronaldo, ni Mbappé: el problema no es su fútbol, sino las expectativas que han creado sobre él
Hoy parece que le toca recibir todas las críticas a Lamine Yamal. Después de la derrota del Barcelona frente al Real Madrid, han comenzado a aparecer comentarios cuestionando su rendimiento, su capacidad para decidir partidos importantes y, sobre todo, esa supuesta tendencia a desaparecer cuando tiene delante a los grandes equipos. Y sinceramente, hay algo de todo esto que no termino de entender. Porque podemos analizar su partido, podemos señalar sus errores y podemos reconocer que no estuvo acertado en determinadas acciones, pero de ahí a poner en duda su calidad hay un mundo. Lamine Yamal es esta mal ni a dado un bajon.
El problema, desde mi punto de vista, no es Lamine Yamal. El verdadero problema es todo lo que se ha construido a su alrededor. Durante demasiado tiempo, una parte de la prensa española y del entorno del Barcelona se ha empeñado en encontrar al nuevo Lionel Messi. Parece que no basta con que aparezca un futbolista extraordinario, con una calidad inmensa y un futuro prometedor. No. Tiene que ser el nuevo Messi, tiene que superar a Messi, tiene que batir sus récords y tiene que convertirse en el jugador que marque una época como lo hizo el argentino.
Y ahí es donde creo que empieza el gran error.
Porque Lamine Yamal no es Lionel Messi. Lamine Yamal es Lamine Yamal. Y debería poder desarrollar su carrera sin tener que cargar constantemente con una comparación que, a mi juicio, no le beneficia absolutamente en nada.
He visto en redes sociales, especialmente en Twitter, comparaciones que me parecen completamente desproporcionadas. He llegado a leer debates en los que se habla de lo que Lamine podría conseguir, de si ganará un Mundial, de si terminará superando los títulos de Messi o de si será capaz de alcanzar todo lo que el argentino logró con el Barcelona. Y cada vez que aparecen esas comparaciones pienso exactamente lo mismo, ¿por qué tenemos tanta prisa por convertir a un futbolista joven en una leyenda antes de dejarle construir su propia historia?
Estamos hablando de Messi, uno de los mejores jugadores de todos los tiempos. Un futbolista que ganó todo, que marcó una época en el Barcelona, que conquistó títulos individuales y colectivos y que dejó cifras que parecen difíciles de repetir. Comparar continuamente a Lamine con semejante trayectoria no solamente es injusto, sino que además provoca que cualquier partido en el que no sea decisivo termine convirtiéndose en una decepción.
Y eso es precisamente lo que estamos viendo ahora.
Cuando Lamine Yamal juega bien, parece que estamos ante el mejor futbolista del planeta. Cuando consigue un regate espectacular, una asistencia o un gol, empiezan los elogios desmedidos. Pero cuando llega un partido importante y las cosas no le salen, entonces aparecen quienes aseguran que desaparece contra los grandes, que no está preparado para asumir responsabilidades o que no es tan bueno como nos habían contado.
Ni una cosa ni la otra.
Lamine es un futbolista extraordinario, pero también es un jugador que todavía tiene muchísimo que aprender. Tiene talento, desborde, personalidad y una capacidad enorme para generar peligro. Pero eso no significa que tenga que decidir absolutamente todos los partidos, ni que cada vez que toque el balón deba hacer algo espectacular.
Ayer, frente al Real Madrid, yo vi a un Lamine Yamal que lo intentó una y otra vez. Otra cosa muy diferente es que le salieran las jugadas. Porque en el fútbol hay días en los que puedes intentarlo veinte veces y no conseguir prácticamente nada, mientras que en otros partidos te basta una sola acción para convertirte en el protagonista.
Y precisamente ahí está una de las grandes injusticias que veo en las críticas que está recibiendo.
Hubo una jugada en la que Lamine buscó portería con un disparo desde fuera del área y el balón pasó muy cerca. Y yo me hago una pregunta ¿qué estaríamos diciendo hoy si ese balón hubiera terminado dentro de la portería?
Estoy convencido de que muchos de los que ahora le critican estarían hablando de una genialidad, de un gol extraordinario y de otra demostración de que estamos ante el heredero de Messi. Seguramente volveríamos a ver comparaciones, titulares grandilocuentes y debates sobre hasta dónde puede llegar.
Pero el balón no entró.
Y como no entró, la misma jugada que podría haberle convertido en héroe se queda en un intento fallido. Así de caprichoso es el fútbol y así de exageradas pueden llegar a ser algunas reacciones.
Porque una cosa es analizar si un futbolista estuvo acertado y otra muy distinta es juzgar toda su calidad por un disparo que termina unos centímetros fuera.
Además, hay algo que considero importante reconocer, Lamine tiene un gran golpeo desde fuera del área, pero todavía necesita mejorar su definición de cara a portería. Es capaz de buscar disparos complicados, de generar ocasiones donde aparentemente no existe peligro y de sorprender con su talento. Pero también falla oportunidades, toma decisiones erróneas y, en ocasiones, le falta esa precisión que diferencia a un gran jugador de un goleador verdaderamente extraordinario.
Y decir esto no es atacarle. Es simplemente reconocer que todavía está creciendo.
De hecho, en determinados aspectos, Lamine me recuerda más a Kylian Mbappé que a Lionel Messi. No porque sean futbolistas idénticos, porque evidentemente tienen características diferentes, sino por esa capacidad de desequilibrar, por el protagonismo ofensivo que asumen y por la enorme atención que generan cada vez que intervienen. También por esa exigencia constante de que conviertan su talento en goles y actuaciones decisivas.
Pero tampoco quiero que se malinterprete esta comparación. Porque si algo estoy defendiendo es precisamente que no necesitamos convertir a Lamine en una copia de nadie.
No tiene que ser Messi, no tiene que ser Cristiano Ronaldo y tampoco tiene que ser Mbappé.
Tiene que ser él mismo.
Y si consigue desarrollar todo su potencial, trabajar sus debilidades y mantener los pies en el suelo, puede construir una carrera extraordinaria sin necesidad de parecerse a ninguno de ellos.
Ahora bien, hay otra cuestión que me llama especialmente la atención y que llevo tiempo defendiendo, el diferente trato que reciben Lamine Yamal y Raphinha.
Porque, para mí, Raphinha sigue siendo el futbolista más importantes del Barcelona y, especialmente cuando las cosas se complican, es quien más suele asumir la responsabilidad de intentar sacar adelante al equipo.
Y aquí es donde creo que existe una diferencia enorme entre la atención mediática y lo que realmente sucede sobre el terreno de juego.
Tengo la sensación de que Raphinha puede marcar tres goles en un partido y, aun así, si Lamine consigue uno, buena parte de los elogios terminan concentrándose en el joven español. Se habla de sus regates, de sus movimientos, de sus pases, de su personalidad y de lo que puede llegar a convertirse. Mientras tanto, el trabajo del brasileño parece quedar en un segundo plano.
Y no digo que Lamine no merezca elogios cuando juega bien. Por supuesto que los merece. Lo que digo es que también deberíamos reconocer con la misma intensidad a quienes están siendo determinantes para el equipo.
Porque el fútbol no debería ser una competición de popularidad.
No debería importar quién tiene más seguidores, quién aparece más veces en las portadas o quién genera más entusiasmo entre los aficionados. Lo verdaderamente importante tendría que ser lo que cada jugador aporta al equipo.
Y en ese aspecto, yo sigo teniendo una opinión bastante clara, cuando el Barcelona atraviesa dificultades, muchas veces es Raphinha quien termina dando un paso adelante.
No significa que Lamine no pueda hacerlo. Claro que puede. Tiene calidad suficiente para decidir encuentros importantes y seguramente seguirá haciéndolo. Pero desde mi punto de vista, Raphinha ha demostrado una regularidad y una capacidad para asumir responsabilidades que merecen muchísimo más reconocimiento.
Y aquí aparece una contradicción que me parece especialmente injusta.
Cuando el Barcelona gana, los elogios suelen dirigirse hacia Lamine, incluso en encuentros en los que otros compañeros han tenido un papel más decisivo. Pero cuando el equipo pierde, de repente se le exige que sea Messi, que marque las diferencias, que resuelva el partido y que tire del equipo él solo.
Es decir, primero le colocamos en lo más alto y después le castigamos por no cumplir unas expectativas que nosotros mismos hemos creado.
Y eso me parece profundamente injusto.
Porque si durante meses repetimos que un futbolista es el nuevo Messi, que está destinado a dominar el fútbol mundial y que será capaz de superar a las mayores leyendas de este deporte, no podemos sorprendernos después cuando la gente le exige actuaciones propias de un jugador que ya ha alcanzado ese nivel.
Además, conviene recordar algo que muchas veces olvidamos, el Barcelona es uno de los grandes clubes del fútbol mundial y, por lo general, gana muchos más partidos de los que pierde. Eso significa que sus futbolistas suelen disputar numerosos encuentros en los que el equipo domina, genera ocasiones y tiene más posibilidades de destacar.
En esos partidos, cuando Lamine regatea, asiste o marca, todo parece maravilloso. Pero cuando llega una derrota, especialmente frente a un rival como el Real Madrid, los errores adquieren una dimensión completamente diferente.
Un disparo fallado que habría pasado casi desapercibido en una victoria termina convirtiéndose en motivo de debate. Una ocasión desperdiciada se analiza una y otra vez. Y un jugador que hasta hace unos días parecía intocable comienza a recibir críticas desproporcionadas.
Pero eso no significa que haya dejado de ser bueno.
Lamine Yamal no era Messi cuando el Barcelona ganaba y tampoco es un mal futbolista porque el Barcelona haya perdido.
Esa es la reflexión que creo que deberíamos hacernos.
Pero criticar su rendimiento en un encuentro no debería significar cuestionar todo su talento ni poner en duda su futuro.
Y, sobre todo, deberíamos aprender a distinguir entre lo que realmente hace el jugador y lo que algunos medios quieren hacernos creer que representa.
Porque yo no responsabilizo a Lamine de que determinados sectores de la prensa hayan querido convertirle demasiado pronto en el heredero de Messi.
Eso no lo ha construido él solo.
Lo hemos construido entre todos, los medios, las redes sociales, los aficionados y ese entorno futbolístico que parece necesitar constantemente una nueva estrella a la que colocar en un pedestal.
Y lo peor es que muchas veces somos los mismos que levantamos ese pedestal quienes después nos apresuramos a derribarlo.
Ayer Lamine lo intentó. Pero yo no vi a un futbolista escondido ni a alguien que renunciara a asumir responsabilidades. Vi a un jugador que buscó soluciones y al que, sencillamente, no le salieron las cosas.
Y eso también forma parte del fútbol.




