¿Qué le pasa a Lamine Yamal? Quizá el problema es todo lo que hemos esperado de él
Últimamente escucho constantemente la misma pregunta entre aficionados y periodistas: ¿qué le pasa a Lamine Yamal?
Yo no voy a defenderlo absolutamente todo por el simple hecho de que tenga 19 años. Es muy joven, sí, y eso hay que tenerlo en cuenta, pero también existe otra realidad juega en el Barcelona.
Y si eres titular en el Barcelona es porque tienes nivel para estar ahí. Da igual que tengas 17, 19 o 30 años. Cuando saltas al campo con esa camiseta, la exigencia es máxima.
Tampoco puedes vivir eternamente de lo que hiciste hace un año. El fútbol cambia rapidísimo y cada temporada tienes que volver a demostrar tu nivel.
Ahora bien, una cosa es exigirle y otra muy diferente convertir cada partido de Lamine en un examen sobre si será o no el próximo Messi.
Lamine sigue siendo un grandísimo futbolista
Para mí, Lamine continúa aportando muchísimo al Barcelona.
Es desequilibrante, genera peligro, atrae rivales y tiene una capacidad individual que poseen muy pocos futbolistas. Que ahora mismo no esté mostrando su versión más espectacular no significa que haya dejado de ser uno de los jugadores más importantes del equipo.
Pero también digo algo que quizá no guste a todo el mundo
Lamine Yamal no es Messi. Tampoco es Cristiano Ronaldo. Es Lamine Yamal.
Y eso debería ser suficiente.
Puede ganar títulos individuales, convertirse en uno de los mejores futbolistas de su generación y hacer una carrera espectacular. Pero si lo comparamos constantemente con Messi y Cristiano, personalmente creo que todavía está por debajo.
¿Y qué tiene de malo?
Estamos comparándolo con dos monstruos que marcaron una época y mantuvieron durante más de una década unos números y una regularidad prácticamente irrepetibles.
Estar por debajo de Messi y Cristiano no significa ser malo, significa ser humano.
El problema comenzó prácticamente desde su debut
Creo que una parte del problema de Lamine está precisamente en todo lo que hemos construido alrededor de él.
Desde que apareció en el primer equipo del Barcelona, absolutamente todo parecía gigantesco.
Tenía 15, 16 o 17 años y hacía un regate y las redes sociales explotaban.
Una acción que en otro futbolista habría sido simplemente un buen detalle técnico, en Lamine se convertía en un vídeo viral.
Y era comprensible.
Ver a un adolescente competir de aquella manera contra profesionales impresionaba.
Pero el tiempo pasa.
Ya no estamos mirando al niño que acaba de debutar.
Y precisamente por eso la vara de medir también ha cambiado.
Lo extraordinario se convirtió en lo esperado
Lamine realizó una Eurocopa espectacular y terminó situándose entre los grandes candidatos a los premios individuales. A partir de ahí, las expectativas se dispararon todavía más.
Ya no bastaba con que jugara bien.
Tenía que decidir partidos.
Tenía que marcar.
Tenía que asistir.
Tenía que regatear.
Tenía que aparecer siempre.
Y prácticamente cada encuentro empezó a analizarse esperando una genialidad.
Después llegó el Mundial y, bajo mi punto de vista, no vimos al Lamine que muchos esperábamos.
Contribuyó al equipo, evidentemente. No digo que hiciera un mal torneo. Pero personalmente esperaba verlo mucho más determinante y protagonista.
Y precisamente ese es el problema de haber colocado el listón tan alto.
Cuando un futbolista normal juega bien, lo felicitamos.
Cuando Lamine juega bien, algunos preguntan
«Sí, pero ¿dónde está el Lamine espectacular?»
Ahora llega La Liga y seguimos analizando absolutamente todo
Después del Mundial empieza la Liga y vuelve a ocurrir lo mismo.
Un partido menos brillante y rápidamente aparecen preguntas sobre qué le sucede.
Que si está más serio.
Que si ha cambiado.
Que si su lenguaje corporal.
Que si celebra menos.
Que si habla más.
Que si habla menos.
Que si antes sonreía y ahora no.
Creo que ahí estamos entrando en un terreno absurdo.
Dejémosle jugar al fútbol.
Podemos analizar su rendimiento, por supuesto. Si juega mal, hay que decir que ha jugado mal. Si pierde demasiados balones o toma malas decisiones, también podemos señalarlo.
Eso forma parte del fútbol profesional.
Pero intentar interpretar cada mirada, cada gesto o cada vez que no sonríe me parece excesivo.
No creo que lo hayan quemado, pero tampoco creo que lo hayan ayudado
No diría que hemos «quemado» a Lamine Yamal.
Sigue siendo jovencísimo y tiene muchísimo fútbol por delante.
Pero tampoco creo que todo lo que hemos construido alrededor suyo le haya ayudado necesariamente.
Desde adolescente le hemos hablado del Balón de Oro, de Messi, de récords, de convertirse en el mejor del mundo y de liderar al Barcelona y a España.
Es una barbaridad de presión para cualquier persona.
Y quizá ahora estamos descubriendo algo completamente normal, que Lamine también puede atravesar momentos donde simplemente juega peor.
Messi los tuvo.
Cristiano los tuvo.
Todos los grandes futbolistas los tienen.
La diferencia es que con Lamine llevamos años esperando que cada temporada sea mejor que la anterior, como si su progresión tuviera obligatoriamente que ser una línea recta hacia arriba.
Y el fútbol no funciona así.
Exigirle sí; convertir cada gesto en una noticia, no
Al final creo que debemos encontrar un término medio.
Lamine juega en el Barcelona y tiene que rendir. No podemos justificar cualquier mal partido diciendo simplemente que tiene 19 años.
Pero tampoco podemos olvidar que tiene 19 años cuando hablamos de todo lo que sucede fuera del terreno de juego.
Exijámosle como futbolista cuando juega.
Critiquemos un mal partido cuando corresponda.
Aplaudamos cuando sea decisivo.
Pero dejemos de buscar explicaciones psicológicas en cada gesto y de preguntarnos todas las semanas qué le pasa.
Quizá no le pasa absolutamente nada.
Quizá simplemente estamos viendo algo que tarde o temprano tenía que suceder:
Lamine Yamal no puede ser extraordinario todos los días.
No necesita convertirse en Messi.
No necesita convertirse en Cristiano Ronaldo.
Necesita tener tiempo para convertirse en la mejor versión de Lamine Yamal.
Y quizá entonces descubramos hasta dónde puede llegar realmente.




