Con el máximo respeto hacia Lamine Yamal, una de las irrupciones más impresionantes del fútbol europeo en la última década, es importante poner sobre la mesa una reflexión sosegada y justa sobre su candidatura al Balón de Oro 2025. Porque sí, Lamine es presente y, sobre todo, futuro. Pero el Balón de Oro no premia el futuro, ni las expectativas. Premia el mérito absoluto en el año natural.
La frase que ha dejado recientemente —»Soy de los que vota al mejor del año, pero si la gente se la quiere jugar el jueves, nos la jugamos el jueves»— encierra confianza, ambición y una madurez poco común para un jugador tan joven. Y eso se celebra. Pero también es el reflejo de una narrativa que se está construyendo peligrosamente: la de que un gran partido puede justificar un premio de todo un año.
Yamal ha tenido actuaciones brillantes con el Barça, ha sido decisivo en momentos importantes, y está demostrando que no le pesa la camiseta ni la presión. En selección también ha dejado destellos de estrella mundial. Pero si hablamos estrictamente de regularidad, de impacto global, de títulos y de liderazgo sostenido en la élite… todavía hay otros nombres que han acumulado más peso a lo largo de esta temporada 2025.
Porque el Balón de Oro no debería convertirse en una carrera de popularidad ni en un galardón simbólico al talento joven. Ya hay otros premios para eso. El Balón de Oro es o debería ser el reconocimiento al jugador que ha marcado el ritmo del fútbol mundial durante todo un año, en todas las competiciones, con regularidad, carácter y determinación.
¿Está Lamine llamado a ganarlo? Sin duda. Si sigue evolucionando a este ritmo, será inevitable. Pero el respeto por el premio también pasa por saber decir «todavía no». Y hacerlo no es minimizar lo que está logrando, sino reconocer que el camino hacia la cima también está hecho de pasos sólidos, no solo de fuegos artificiales.
En resumen: sí al talento, sí al futuro, sí a Lamine… pero no al Balón de Oro 2025. No todavía. Porque si queremos que el galardón mantenga su prestigio, debemos tener el coraje de premiar la excelencia completa, no solo el impacto mediático o emocional. Y eso, en sí mismo, también es una forma de respetar a Lamine y su historia, que apenas ha comenzado.





