El FC Barcelona ha dado un paso firme en la dirección que muchos temíamos, jugar partidos oficiales de LaLiga fuera de España. Joan Laporta se ha posicionado a favor de esta iniciativa, que propone disputar encuentros en ciudades como Miami o Nueva York, dentro del plan de expansión global de la competición. Y aunque a primera vista pueda parecer un movimiento estratégico o moderno, lo cierto es que el gran perjudicado, una vez más, es el aficionado de a pie.
Un camino sin retorno: ¿adiós al fútbol local?
Hoy es el Barça. Mañana será el Real Madrid. Después vendrán el Atlético de Madrid, el Athletic Club, el Valencia… Y cuando queramos darnos cuenta, los grandes partidos del calendario se habrán repartido por Estados Unidos, Asia o Medio Oriente. ¿Y nosotros, los abonados, los que llenamos los estadios cada fin de semana? Relegados a la quinta fila.
Porque mientras los clubes firman contratos millonarios para llevar el espectáculo fuera, los verdaderos hinchas seguimos pagando cuotas cada vez más caras, con menos partidos disponibles en nuestro estadio y horarios imposibles para seguir desde casa.
Una entrada un viaje para Miami, imposible para muchos
Soy abonada del Atlético de Madrid. Imagínate que, de pronto, se programa un Atlético vs Barcelona en Miami. ¿Cómo lo pago con un sueldo de 1.000 euros al mes? ¿Cómo cruzo el charco para ver a mi equipo en un partido por el que ya pagué mi abono? Es absurdo. Pero será una realidad. Tarde o temprano, lo será.
Y ni hablemos de los horarios. Si un clásico se juega a las 21:00 en Miami, aquí en España serán las 3:00 de la madrugada. ¿Quién puede permitirse ver ese partido? Los que trasnochan… y poco más. Los bares cerrados. Los que trabajan al día siguiente no podrán verlo. Y así se va apagando lo que hace al fútbol lo que es la pasión colectiva de millones de personas normales.
Bares y fanáticos, los grandes olvidados
Los bares pagan tarifas altísimas por emitir fútbol. Pero lo hacen porque saben que el aficionado acude. Sin embargo, con partidos jugados de madrugada, el consumo cae. La clientela desaparece. El negocio se hunde. Y todo por colocar el fútbol en mercados donde, aunque hay interés comercial, no hay la misma alma.
Lo más triste es que ya hemos vivido esto. En la pandemia, cuando los estadios estaban vacíos, los clubes sufrieron pérdidas enormes. ¿Qué los sostuvo? El aficionado que siguió apoyando desde casa, que pagó su suscripción, que compró camisetas. Ese mismo aficionado al que hoy se le da la espalda. Pero seguirá llenando los estadios.
Negocio sí, pero no a costa del alma del fútbol
Sabemos que el fútbol es negocio. Y nadie discute que LaLiga necesita crecer. Pero crecer no debería significar olvidar al que hace grande a este deporte. El fútbol no sería lo que es sin su gente. Sin nosotros. Sin los que lloramos, celebramos y sentimos cada jornada. Porque el fútbol es cultura, es barrio, es tribuna. Hoy el Barça dice sí a jugar fuera. Pero… ¿Mañana será otro club?





