El FC Barcelona dejó escapar una gran oportunidad ante el Brujas, en un partido donde las debilidades defensivas volvieron a pasar factura. No solo no ganó, sino que terminó dejando muchas dudas atrás, especialmente por la ausencia de Iñigo Martínez. Su baja ha sido más notoria de lo que muchos imaginaban. El equipo mostró una fragilidad alarmante en la zaga, algo que ya se había visto en momentos críticos la temporada pasada, como en aquella dolorosa eliminación contra el Inter en semifinales, donde los errores defensivos costaron muchos goles.
Con Iñigo Martínez en el campo, el Barça ha sido más ordenado, más contundente en los duelos, y eso se notó. Ahora, sin él, la defensa parece más vulnerable que nunca. El equipo necesita urgentemente una reestructuración en su planteamiento táctico, especialmente en transición defensiva, porque está encajando goles con demasiada facilidad.
El partido fue un vaivén de emociones, y aunque el Barça logró ponerse por delante, sufrió hasta el final. En los últimos minutos, el Brujas marcó lo que parecía ser el 4-3, pero el gol fue anulado por una supuesta falta al portero Szczesny. Desde mi punto de vista, no hubo falta alguna. Un gol legal que debió subir al marcador. Pero el árbitro interpretó lo contrario, en una decisión polémica que seguramente dará de qué hablar. Y es ahí donde surge la eterna discusión sobre criterios arbitrales que, a menudo, parecen cambiantes según el contexto.
Pero más allá de lo negativo, hay una luz que brilla con fuerza Lamine Yamal. El joven volvió a hablar donde deben hablar los futbolistas en el campo. Con fútbol, con carácter y con personalidad. Fue, sin duda, el mejor del Barça, demostrando que está más centrado que nunca. En sus propias palabras, tras el partido: “Intento no leer mucho. Se habla mucho de mi pubalgia, de que estaba triste, y eran todo mentiras. He estado siempre feliz, centrado en lo mío, en intentar jugar a este nivel, que es como mejor me lo paso”.
Y tiene razón. Cuando un jugador atraviesa un momento difícil, surgen mil voces, rumores de lesiones, supuestas operaciones, falsas preocupaciones. Pero cuando juega bien, cuando destaca, pocos lo reconocen. Lamine no necesita hablar fuera del campo, porque cada vez que pisa el césped demuestra por qué está llamado a ser una estrella.
Eso sí, debe saber que en el fútbol, haga lo que haga, le van a pitar. Si habla, le pitarán por hablar, si calla, le pitarán por ser rival, y si además juega bien, le pitarán aún más. Es parte del precio de brillar. A Ronaldinho también lo pitaron, incluso con su sonrisa eterna, pero acabó siendo aplaudido en el Bernabéu con la camiseta del Barça. A Messi le ocurrió lo mismo. Fue criticado, silbado, presionado… pero respondió siempre donde debía, en el campo, como lo hizo ayer Lamine.
El Barça tiene trabajo por delante. Debe ajustar su defensa, reencontrar solidez y aprender a cerrar partidos. Pero si hay algo que puede ilusionar al aficionado culé, es saber que Lamine Yamal sigue creciendo, jugando con libertad, y demostrando que el fútbol, cuando se juega con el corazón y el talento, siempre encuentra su camino.





