¿El mejor del mundo o el mejor vendido? La gran batalla entre fútbol y marketing por el Balón de Oro

El Balón de Oro ¿premia realmente al mejor o al que tiene mejor campaña?

El Balón de Oro es probablemente el premio individual más soñado por cualquier futbolista. En teoría, recibirlo significa alcanzar la cima y ser reconocido como el mejor. Pero precisamente ahí empieza mi problema con este galardón, cada vez tengo más dudas de que realmente premie al mejor futbolista.

Lo sucedido en determinadas ediciones, como toda la polémica que se generó cuando Vinícius no ganó el premio, volvió a demostrar hasta qué punto el Balón de Oro puede generar dudas. Evidentemente, podemos discutir quién merecía ganar cada edición y habrá argumentos para diferentes candidatos. El fútbol no es una ciencia exacta. Pero precisamente por eso me preocupa cada vez más la influencia que tienen elementos que poco tienen que ver con lo que ocurre durante los 90 minutos.

Para mí, si hablamos del Balón de Oro, la primera pregunta debería ser muy sencilla, ¿quién ha sido el mejor futbolista? No quién ha generado más titulares, quién tiene más seguidores, quién protagoniza la mejor campaña publicitaria o quién representa la historia más atractiva para vender durante meses. Simplemente quién ha sido el mejor.

Sin embargo, cada vez tengo más la sensación de que alrededor del premio existe una enorme maquinaria de marketing, propaganda y narrativa mediática. Un futbolista realiza dos o tres partidos espectaculares en el momento adecuado y rápidamente comienza la campaña: “Balón de Oro”. Portadas, redes sociales, estadísticas seleccionadas, declaraciones de compañeros, entrenadores y clubes defendiendo públicamente a su candidato. Y después esa idea se repite una y otra vez hasta que parece convertirse en una verdad indiscutible.

Mientras tanto, puede existir otro futbolista realizando una temporada extraordinariamente regular, siendo decisivo durante meses y sosteniendo a su equipo, pero si no tiene detrás la misma repercusión mediática parece que sus méritos pesan menos.

Y eso, para mí, desvirtúa completamente el sentido del premio.

Entiendo perfectamente que el marketing forme parte del fútbol moderno. Los clubes son empresas gigantescas, los jugadores tienen marcas personales y las redes sociales han cambiado completamente la manera en la que consumimos este deporte. Sería ingenuo pensar que podemos volver a una época en la que solamente importaba lo sucedido sobre el terreno de juego.

Pero una cosa es aceptar que existe marketing y otra permitir que el marketing termine condicionando nuestra percepción de quién es el mejor.

Además, existe otro problema ¿qué significa exactamente ser el mejor?

¿El que marca más goles? ¿El que gana más títulos? ¿El futbolista más decisivo? ¿El que realiza mejores actuaciones individuales? ¿El mejor jugador del equipo campeón de Europa o del mundo?

Porque ganar títulos tampoco debería convertirte automáticamente en el mejor. El fútbol es un deporte colectivo. Puedes hacer una temporada extraordinaria y no ganar una Champions porque tu equipo no estuvo a la altura. Del mismo modo, puedes levantar cinco trofeos formando parte de un equipo espectacular sin haber sido individualmente el futbolista más destacado.

Por eso creo que los títulos deben importar, pero no pueden ser el único argumento.

Y tampoco deberían valer únicamente los goles. Un centrocampista, un defensa o incluso un portero pueden realizar una temporada espectacular sin acercarse evidentemente a las cifras de un delantero. Si convertimos el Balón de Oro en una combinación de goles, títulos y popularidad, prácticamente estamos cerrando la puerta a muchos de los mejores futbolistas.

Luego está el poder de las narrativas. Un año interesa la Champions. Otro año parece pesar muchísimo más una competición de selecciones. En otra edición se destaca el rendimiento individual. Y en otra, los títulos colectivos. A veces parece que los criterios cambian dependiendo del candidato al que queramos defender.

Ahí es donde el Balón de Oro pierde credibilidad para mí.

No porque piense que todos sus ganadores sean injustos. Evidentemente, muchísimos futbolistas que lo han levantado han sido extraordinarios y tenían argumentos de sobra. Mi crítica es hacia un sistema en el que existe demasiado espacio para la subjetividad y donde la repercusión mediática puede terminar pesando muchísimo.

Y actualmente esa repercusión es gigantesca.

Un jugador hace un partidazo y las redes sociales explotan. Al día siguiente ocupa todas las portadas. Su club publica sus estadísticas. Sus aficionados empiezan una campaña. Los vídeos acumulan millones de reproducciones. Dos semanas después ya tenemos instalado el debate de que ese futbolista “debe ganar el Balón de Oro”.

Pero una temporada dura muchísimo más que dos partidos.

Ser el mejor del mundo debería exigir regularidad, rendimiento, influencia en el juego y capacidad para aparecer durante toda una temporada, no simplemente protagonizar el momento mediático adecuado.

Por eso cada vez me cuesta más tomar el Balón de Oro como una sentencia definitiva sobre quién ha sido el mejor futbolista del planeta. Para mí se ha convertido también en una competición de relatos: quién vende mejor su temporada, quién tiene detrás la campaña más potente y quién consigue instalar su nombre en la conversación antes que los demás.

Y eso es una pena.

Porque el Balón de Oro debería ser precisamente lo contrario. No debería necesitar marketing. Si un futbolista ha sido realmente el mejor, sus actuaciones deberían ser su campaña.

Que hablen sus partidos.

Que hablen sus goles y asistencias cuando corresponda.

Que hable su influencia en el juego.

Que hablen sus actuaciones en los grandes momentos.

Y que después voten.

Porque cuando necesitamos meses de propaganda para convencer a todo el mundo de que determinado jugador ha sido el mejor, quizá deberíamos preguntarnos algo incómodo:

si realmente hubiera sido tan claramente el mejor, ¿haría falta explicarlo tantas veces?

El Balón de Oro seguirá siendo un trofeo precioso y probablemente continuará siendo el gran sueño individual de cualquier futbolista. Pero para recuperar toda su credibilidad debería conseguir que, cuando veamos al ganador levantarlo, pensemos primero en su fútbol y no en la campaña que hubo detrás.

El mejor marketing puede fabricar un favorito. Lo que nunca debería poder fabricar es al mejor futbolista del mundo.

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