La injusticia del Balón de Oro: ¿por qué nunca lo ganó Griezmann?

La injusticia del Balón de Oro

En el firmamento del fútbol, donde los astros brillan con luz propia, el Balón de Oro se presenta como la máxima corona individual. Pero tras su brillo dorado se esconden sombras que dejan un sabor amargo, la injusticia. No pocas veces el premio no ha sido para el mejor jugador, sino para el más mediático, el más favorecido o el más convenientemente promocionado.

¿Cómo puede decirse que es injusto? Primero, porque los criterios nunca son transparentes ni consistentes. El rendimiento individual, los títulos conseguidos, la influencia dentro del equipo… esas normas se mezclan con valoraciones subjetivas, simpatías y hasta intereses externos. Lo que un año pesa mucho, al otro pesa menos. El favoritismo se cuela como invitado no deseado.

Luego está el sesgo geográfico y mediático. Jugadores de ligas menos visibles, aunque regalen actuaciones colosales, quedan opacados frente a quienes juegan en estadios más ostentosos o con audiencias todavía más grandes. Las cámaras, los reflectores, los periodistas influyentes, ellos deciden en buena medida qué jugador importa más para “el mundo”. Y eso es injusto.

La historia está llena de ejemplos que hieren el orgullo del aficionado justo. En 2019, Virgil van Dijk fue enorme liderando al Liverpool campeón de Europa, y aun así Messi superó por pocos votos. Muchos sintieron que el trofeo se inclinó hacia el delantero goleador antes que hacia el defensor dominante. Y qué decir de 2010, cuando España conquistó el Mundial con un Xavi, Iniesta y compañía en estado de gracia, pero el premio fue para Messi, cuyas estadísticas brillaban, cierto, pero el impacto colectivo también contaba.

Más flagrante aún es la exclusión de gigantes que merecían ser considerados Rodrygo fue calificado como “Balón de Oro en potencia” por su rendimiento, pero ni siquiera apareció en la lista de 30 nominados ¿qué mensaje envía eso? Rivaldo lo calificó de injusticia.

Y entre esas injusticias históricas, una de las más dolorosas es que Antoine Griezmann jamás haya ganado un Balón de Oro. En 2016, fue clave con el Atlético de Madrid, subcampeón de Europa, y llevó a Francia a la final de la Eurocopa siendo el máximo goleador del torneo. En 2018, fue campeón del mundo con Francia, campeón de la Europa League, campeón de la Supercopa de Europa y figura clave en todos esos logros. ¿El resultado? Ni siquiera terminó entre los dos primeros. ¿Qué más tenía que hacer? Su talento, su regularidad, su inteligencia táctica y su impacto colectivo fueron ninguneados por una narrativa que ya tenía a sus favoritos. Si ese no era su año, ¿cuándo lo sería?

En casos recientes, el propio Cristiano Ronaldo ha levantado la voz para denunciar que en 2024 el Balón de Oro fue otorgado de forma “injusta” a Rodri en lugar de a Vinícius Junior, alegando que el brasilero lo merecía más tras ganar la Champions . Esa no es una simple queja de estrella, es un grito que resume la decepción de muchos.

Y no olvidemos las raíces discriminatorias: históricamente, hasta 1995 el Balón de Oro solo premiaba a futbolistas europeos. Por eso Pelé y Maradona, dos de los más grandes de todos los tiempos, nunca lo ganaron en su época. Esa norma dejó fuera talentos inmensos solo por su origen continental.

En resumen, la injusticia del Balón de Oro no es un rumor ni una crítica ocasional, es una grieta persistente en ese pedestal dorado. El fútbol es un deporte colectivo, lleno de matices, de contextos, de equipos que ayudan al individuo a brillar. Ignorar eso y votar con favoritismos, medios, “marketing futbolístico” o compromisos es traicionar la esencia misma del deporte.

Pero aún queda la esperanza: que los votos sean públicos, que los criterios sean claros, que se premie con justicia. Que los astros del fútbol puedan ser reconocidos con dignidad, sin los velos oscuros que hoy interponen intereses. Esa es la justicia que el Balón de Oro aún debe conquistar.

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